El día que dejé de decirles a mis hijas “Date prisa”

Este no es uno de esos post en el que os voy a contar dónde ir los fines de semana, ni tampoco os voy a recomendar ningún sitio especial para ir con vuestros hijos, este post es para recordarnos la importancia del camino, del viaje en sí mismo.

Hace unos meses leí un post titulado “el día que dejé de decir date prisa”, me pareció tan cruelmente cierto que me llegó al alma. Me di cuenta entonces de que a mí me sucedía exactamente lo mismo que a la chica que lo escribía. El artículo contaba que debido a las prisas de la sociedad de hoy esta madre siempre terminaba diciéndole la misma frase a su hija “date prisa”. Si iba paseando por la ciudad y la hija se paraba a ver los escaparates ella la regañaba: “date prisa que no llegamos”, cuando iban con prisas paseando en la sillita la niña quería que se parasen a acariciar cada perro que se encontraban, si iban a un museo también le metía prisa para que les diera tiempo a ver toda la exposición, y así innumerables veces. Lo más triste de todo es que esta frase muchas veces era una frase automática, ya que en la mayoría de los casos realmente no se tenía una prisa real, sino que la vorágine de la vida y la ciudad las empujaba a llevar una vida marcada constantemente por el reloj.

© José Ramón Aguirre
© José Ramón Aguirre

Leyendo aquel post lleno de ternura me di cuenta que yo hacía lo mismo: metía prisa a mis hijas sin motivo alguno. Para mis hijas todo era una novedad; su reflejo en los escaparates, los anuncios de los autobuses, pararse a hablar con los indigentes de los bancos de mi barrio, las marcas que dejan los enamorados en los árboles, la forma de las piedras del camino, los renacuajos en las charcas, los colores de las flores… en fin, un millón de cosas que yo había dejado de observar para introducirlas en una rutina sin importancia, y a la que con mi prisa pretendía restarles valor, cuando realmente suponen el auténtico valor de la vida.  Incluso escribo este post pensando en que la gente que lo leerá (como me ocurre a mí) solo cuenta con un par de minutos para hacerlo, ya no importa cómo esté escrito, la literatura en sí, el placer de leer, sino cuánta información puedo llegar a conseguir en el menor tiempo posible (¿defecto de periodista?, no lo creo, defecto de la sociedad).

El caso, es que realmente el camino en sí, es la única razón para recorrerlo. ¿De qué me sirve llegar al final de una ruta por el bosque sino he visto lo que ofrecía a su paso?, si he pasado sin mirar la altura de los árboles, la forma de sus hojas, y ni siquiera he sido capaz de pararme a mirar los bichitos que transitan por él. Realmente ¿para qué tengo que llegar al final del camino?. Los niños todavía no están pervertidos por el tiempo, su reloj corre a otro ritmo que el nuestro, necesitan conocer lo que les rodea, observar el mundo a su alrededor, pensar con calma los colores que va a elegir en un dibujo, el disfraz que se van a poner, o mirarse al espejo durante horas para descubrir los rasgos de su cara ¡todo es maravillosamente sorprendente!. Ellos son los que deben abrirnos a nosotros los ojos, no nosotros cerrárselos a ellos. En definitiva, ¿para qué sirve el viaje de la vida si no paro a observarla y solo me limito a intentar llegar a su final?.

Al fin y al cabo, como bien decía Lennon: “la vida es eso que te está pasando mientras tú te empeñas en hacer otros planes”.

 Aquí os dejo el precioso post inspiratorio para que os haga reflexionar como me lo ha hecho a mí.

http://www.huffingtonpost.es/rachel-macy-stafford/el-dia-en-que-deje-de-decir-date-prisa_b_3747873.html

5 comentarios sobre “El día que dejé de decirles a mis hijas “Date prisa””

  1. Muy bueno, dejemos de decir “date prisa”, intentaré aplicarme el cuento y sacar esta frase de mi diccionario desde ya.
    Gracias por el consejo!

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